“CLEOPATRA: Si me amáis verdaderamente, decid cuánto me amáis. ANTONIO: Es muy pobre el amor que puede contarse. CLEOPATRA: Quiero saber el límite del amor que puedo inspirar. ANTONIO: Entonces necesitas descubrir un nuevo cielo y una nueva tierra.”[1] Consideraremos esta frase como un punto de partida para intentar explicar cómo opera el amor en el mundo de Antonio y Cleopatra. Para lograrlo, recordemos que en el orden de las ideas de acuerdo a la cosmovisión isabelina encontramos cierto medievalismo en el texto. El mundo isabelino es un sistema fijo y ordenado en el que se verifican niveles valorativos jerárquicamente organizados y relacionados a través de haces de correspondencias que los conectan entre sí. Por lo tanto, Si el cosmos está ordenado se confirma la correspondencia entre niveles. Por el contrario, si irrumpe el desorden en cualquiera de los niveles se desarticula todo el sistema. Los tres planos más importantes son: el divino, el humano y, finalmente, el físico. Entre estos planos hay una continuidad perfecta. La jerarquía no supone fisuras en esta cadena del ser que va de Dios hasta la materia inanimada. El hombre, dueño de un alma racional pero también de un cuerpo, ocupa la posición central de la cadena. Este es el mundo de la cosmovisión isabelina. El mundo de Antonio y Cleopatra, aunque instalado en otro espacio y en otro tiempo, reproduce este sistema de creencias. Ahora bien, ¿Cómo opera el amor en el mundo de Antonio y Cleopatra? El amor que encontramos en Antonio y Cleopatra opera como desestrucurante de este orden, está más alla de este mundo de jerarquías. Es un amor incontenido. Éste no puede ser reprimido/contenido dentro de los límites del mundo. La frase citada al comienzo, en la que los personajes no pueden dar cuenta de la pasión, ilustra muy bien lo que queremos expresar. El amor no puede ser contenido por el mundo sino que lo excede. Hay un más allá del mundo en el amor al que los amantes pertenecen. Este amor excede los entes mundanos. Por lo tanto, el mundo no lo agota ni lo explica. No obstante ello, este amor es más carnal. Las metáforas son siempre corporales (Se habla de astros y de elementos. Hay varias referencias al barro, la arcilla, las arenas movedizas, etc. Además, son frecuentes las comparaciones con el río Nilo). El amor es también mineral. Tiene la esencia y la consistencia del barro, es pantanoso. Los amantes quedan atrapados por este amor pantanoso que también es humus que genera una vida más noble: “ANTONIO: ¡Húndase Roma en el Tíber y que el Arco inmenso de la arquitectura del Imperio se desplome! Aquí está mi invierno. Los reinos son de arcilla. Nuestra tierra fangosa nutre lo mismo a la bestia que al hombre. La nobleza de la vida consiste en hacer esto (la besa), cuando una pareja así, cuando dos seres como nosotros pueden hacerlo; y en este respecto requiero al mundo, bajo pena de castigo, a que declare que somos incomparables.”[2] Este amor incontenido de esencia carnal/mineral plantea una paradoja: el amor es algo tan estrictamente corporal que excede los límites del cuerpo. Son seres incomparables que exceden al mundo jerárquico isabelino, la tumba tampoco los contiene. El Hades es el imperio sin límites donde van a reinar Antonio y Cleopatra. Una vez más el objeto de la pasión amorosa es la muerte. Recordemos, pues, la afirmación de Denis de Rougemont: “Necesitamos de un mito para expresar el hecho oscuro e inconfesable de que la pasión está vinculada con la muerte y que supone la destrucción para quienes abandonan a ella todas sus fuerzas.”[3] De modo que en este caso el amor opera como desordenador del cosmos isabelino. Hay algo aberrante en el acto sensual. La pasión implicaría un desorden fundamental. La naturaleza de Antonio y Cleopatra no es la naturaleza bella y armónicamente jerarquizada creada por Dios sino la otra, la postedénica, la caída, embarrada y a la vez inmunda. Comparación de la figura de Desdémona y CleopatraRetomando lo que dijimos en el apartado anterior respecto a Antonio y Cleopatra afirmaremos que los personajes principales y el amor y la pasión que se profesaban mutuamente son demasiado grandes para ser contenidos por el mundo isabelino. Los personajes no pertenecen a este mundo y adquieren categoría ontológica sólo por el lenguaje. De acuerdo a los parlamentos de los personajes construiremos, entonces, la figura de Cleopatra, primero, y de Desdémona, después. En la figura de Cleopatra se experimenta la importancia del exotismo. Al comenzar el Acto I se la identifica como una “egipcia fogosa” y como una “puta”. Es, por lo tanto, dueña de una lujuria exótica. El personaje de Cleopatra está, además, rodeado de misterio y de poder de seducción, personifica el carácter maravilloso de lo desconocido. Como dijimos antes, el amor que Antonio siente por ella, aunque no contenido es fuertemente carnal y lo identificamos con la consistencia del barro. Por otro lado, “el mundo de Otelo es eminentemente doméstico, y Desdémona es expresamente femenina. Oímos hablar de su trabajo de punto (IV. i . 197), de su abanico, de sus guantes, de su máscara (IV , ii . 8). En la exquisita escena de la canción del sauce, la vemos con su doncella, Emilia, que le da “su vestido de noche” (IV . iii . 16) que Desdémona había perdido.”[4]Recordemos, además, la canción del sauce (Acto III, escena III). Todas estos pasajes muestran a Desdémona como un personaje femenino y muy humano. Delicada y de carácter angelical. El amor que se Desdémona profesa es de carácter angelical o divino. En el mundo de Otelo “el amor puede identificarse con lo divino, lo celestial; el amor infiel, o la sospecha que lo imagina, o el cínico que hace brotar esa imaginación: todo esto puede identificarse con el demonio. El héroe se encuentra entre las fuerzas de la divinidad y las del infierno. Triunfan las fuerzas del infierno y el amor puro yace aniquilado.”[5]En Otelo el amor, a diferencia de Antonio y Cleopatra, no opera como un desestructurador del orden. No es un amor degradado, ni mundano. No hunde ni destruye sino todo lo contrario, y al igual que Desdémona el amor es bello y angelical. Aquí el objeto desestructurante no es tanto la pasión sino el personaje Yago. Éste es la encarnación de la maldad como un fin en sí mismo. El es el obstáculo de la pasión, el espíritu de la negación. Él es quien seduce a Otelo y lo convierte en un personaje brutal y caótico. A causa de ello, en Otelo, al igual que en Antonio y Cleopatra, se sigue verificando la idea que expone Rougemont de que la muerte es la meta de la pasión.[6] Marcos Carlos Carbajo
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[1] KNIGHT, Wilson: Shakespeare y sus tragedias. La rueda de fuego. Fondo de cultura económica, México, 1979, página 168. [2] Ibidem, 178. [3] DE ROUGEMONT, Denis: El amor y occidente, Editorial Kairós, Barcelona, 4ª Edición, página 45. [4] SHAKESPEARE, William: Antonio y Cleopatra, Acto I, Escena I, Imagine ediciones, Madrid, 2002. Página 7. [5] Idem. [6] DE ROUGEMONT, Denis: El amor y occidente, Editorial Kairós, Barcelona, página 21. |