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Hablaremos de La vuelta de Martín Fierro. Texto poblado de saberes, maestros diversos, de instrucciones y de consejos. No obstante, el espacio del texto es un espacio de “conversión y enmienda: todos los que hablan han estado en algún tipo de aparato disciplinario (exilio, cárcel, ejército), y todos narran su pasado con una promesa final de corrección”.
La vuelta, al igual que la ida, es un relato de pérdida y sufrimiento. Sin embargo, la vuelta ésta relacionada con la Ida “no sólo de modo argumental sino bibliográfico.”Sucede algo insólito en su forma de estructurarse: el narrador cita al libro anterior cuando dice: "Recordarán que con Cruz / para el desierto tiramos, / en la pampa nos entramos, / cayendo por fin del viaje / a unos toldos de salvajes, / los primeros que encontramos.”[3] Otro pasaje que opera de la misma manera es el siguiente: “Recordán que quedamos / sin tener dónde abrigarnos; / ni ramada ande ganarnos / ni rincón ande meternos / ni camisa que ponernos / ni poncho con que taparnos.”[4] Sólo que aquí la intertextualidad se intensifica ya que el hijo cautivo, que es quien enuncia esta frase, no pudiendo asistir presencialmente a la historia de su padre en la Ida, sólo pudo haberse enterado de su relato a través de la lectura del texto anterior que dice casi literalmente: “Los pobrecitos tal vez / no tengan ande abrigarse, / ni ramada ande ganarse / ni un rincón ande meterse, ni camisa que ponerse / ni poncho con que taparse”[5] Para explicar este fenómeno Schvartzman infiere que aquí se apela a “una memoria literaria que, en el texto, se articula con una forma de ejercicio de una memoria histórica consistente en “olvidar lo malo”, y que nada tiene que ver con la mnemotécnica oral de los viejos payadores.” Decíamos, entonces, que el Martín Fierro es un relato de pérdida, de conversión y de enmienda. El Gaucho se presenta como un sabio. No obstante, no es un letrado. En este sentido, podemos decir que Hernández escinde gaucho y letra. En la Ida no es posible que un paisano reconozca que otro es más sabio sólo porque puede leer. Por el contrario, en Martín Fierro el saber está unido a la experiencia. En el caso particular del gaucho su experiencia y por lo tanto su saber, residen en el sufrimiento. Los agentes de ese sufrimiento se encuentran en la ciudad y en las instituciones. “El comportamiento del Martín Fierro remeda, en este sentido, el del folclore. Sus citas son apócrifas, ocultas, sin mención de fuentes ni comillas. Es que lo que se cita es el saber popular.” Uno de los momentos en que se impugna con más fuerza la petulancia del saber letrado es el del relato de la enfermedad del viejo Vizcacha. En este segmento, el hijo segundo de Martín Fierro utiliza términos erróneos (“culandrera” por “curandera” y “tabernáculo” por “tubérculo”). Entonces, un oyente exterior, portador del saber letrado, lo corrige: “«tabernáculo»... ¡qué bruto! / un tubérculo dirás”[8] Este intruso es calificado por el hijo de Fierro como “güey corneta”, tras una segunda interrupción. El narrador aclara: “No es bueno, dijo el cantor, / muchas manos en un plato, / y diré al que ese barato / ha tomao de entremetido, / que no creía haber venido / a hablar entre liberatos.”[9] Como puede observarse, confunde la palabra literato con liberato. Al respecto Schvartzman afirma que “a la contaminación entre literato y liberal puede agregarse otra: el corrector porta, en la palabra que lo califica, el liber. El libro de cuentas del pulpero, el libro de la corrección: nada bueno puede esperarse de eso.” Respecto a este tipo de incorrecciones en el prólogo dirigido a José Zoilo Miguens, Hernández dice: “Una palabra más, destinada a disculpar sus defectos. Páselos usted por alto, aunque quizá no lo sean todos los que a primera vista pueden parecerlo, pues no pocos se encuentran allí como copia o imitación de lo que no son realmente.”[11] El Martín Fierro imita la lengua de un gaucho que no habla la lengua académica. La lengua del gaucho es el canto que responde a su naturaleza oral. La obra de Hernández se inscribe, entonces, a través del canto como un texto escrito que mantiene reminiscencias del saber del gaucho y de las peculiaridades de su lengua oral y popular. Para Martín Fierro, cantar es el acto de definirse a sí mismo: en él “la voz del gaucho define la palabra «gaucho».” Marcos Carlos Carbajo
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