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“¡Hemos encontrado a Rimbaud!” proclamaban algunos periódicos parisinos al hacerse de algún tipo de información sobre el paradero de aquel poeta maldito que habiendo “visto, tenido y conocido suficiente” había dejado Europa en busca de “afición y ruidos nuevos.” Creyendo que la ocasión que nos reúne lo amerita, decidí salir yo también al encuentro del vidente.
¿Por qué no? Todo en Rimbaud es búsqueda. Salimos, entonces, como lectores, en pos del joven poeta, pretendiendo quizás dar con él. Compartir su hallazgo. No seremos los primeros, ni ciertamente los últimos. La poesía rimbaldiana se presenta casi de inmediato como un golpe por la espalda. Uno no hace sino quedar estupefacto, sin aire, ante el ataque inesperado. Nuestra reacción será siempre tardía. Él ya habrá escapado. ¿Podemos, sin embargo, dejar de perseguirlo? “…El barco Ebrio de Rimbaud (es) el barco que dice “yo” y, liberado de su concavidad, puede hacer pasar al hombre de un psicoanálisis de la caverna a una verdadera poética de la exploración”, asegura Barthes en Mitologías.Con este poema, efectivamente, Rimbaud dice “aquí estoy yo”, a Verlaine y a los simbolistas, y se arroja hacia un viaje que ya había teorizado en sus conocidas cartas: “el poeta se hace vidente por un largo, inmenso y razonado desarreglo de todos los sentidos. Todas las formas de amor, de sufrimiento, de locura; él busca por sí mismo, agota en sí todos los venenos para no guardar de ellos sino las quintaesencias. Inefable tortura para la que se tiene necesidad de toda la fe, de toda la fuerza sobrehumana, en la que él llega a ser entre todos el gran enfermo, el gran criminal, el gran maldito -¡y el supremo Sabio!- Puesto que llega a los desconocido.” La seducción de la propuesta es innegable, innegable en cuanto a la etimología misma de la palabra. La propuesta atrae hacia sí. El problema es que nosotros no estamos dentro del campo de esa atracción. Hay en el plano un “yo” replegando hacia sí a ese otro, ese otro que es yo. “La dulzura florida de las estrellas y del cielo y de todo lo demás desciende ante el terraplén, como una cesta – contra nuestro rostro- y forma el abismo fragrante y azul allá abajo” Los versos son arrojados desde un espacio/ tiempo imposible en el que la tierra seduce – conduce hacia sí misma- al cielo, desde una temporalidad utópica, “mucho después de los días y las estaciones, y los seres y los países.” Se enuncia un vacío desde el vacío mismo. ¿Cómo penetrar en ese espacio sellado? Podremos, como mucho, acercarnos sólo hasta los límites. El aire se enrarece, preanunciando la posibilidad de asfixia. Vamos sino hasta el fondo, ya sea el del lecho marino o el del centro del infierno. “Los ahogaré”, nos asegura. Ciertamente no se equivoca. “Levantar la cabeza” ante las Iluminaciones o Una Temporada en el Infierno excede sobremanera el gesto barthesiano, lo lleva a la máxima literalidad. Como el ahogado del Barco Ebrio, que “absorto en su tema, flota y a veces baja pensativo”, nos vemos obligados a salir de la lectura en busca del aire que se nos ha quitado. Desprovistos la mayor parte del tiempo de la cómoda pausa de la cesura canónica, de la tranquilizadora forma del verso clásico, pretendemos, siempre infructuosos, seguir al poeta en su recorrido. “Lo que no se sabe es tal vez terrible. ¡Ya lo sabremos!” afirma en Le Forgeron. Y cumple con su promesa. Ve. Sabe. Pero ve y sabe de un modo que sólo a él le es permitido. “Sólo yo tengo la clave de este desfile salvaje”, “tengo los ojos cerrados a vuestra luz. Yo soy un animal.” Rimbaud ha traspasado el umbral. “Conseguí desvanecer de mi espíritu toda esperanza humana. Sobre toda dicha, para estrangularla, salté con el ataque sordo del animal feroz.” Salto de este “sapo ocioso” que ha vivido sin trabajar, animal anfibio que puede respirar nuestro oxígeno a duras penas, pero vive del aire de su sí mismo/otro. ¿Podemos, sin embargo, dejar de perseguirlo? Jadeantes, proseguimos. Queremos ser capaces de oír, como él, lo inaudito. Ahora bien, ¿cómo podemos oír sin aire? Decir inaudito es plantear una posibilidad abierta que permite pensar que algo no ha sido oído “aún”. Rimbaud es conciente de que jamás seremos capaces de escucharlo: “¿puedo describir esta visión? El aire del infierno no tolera los himnos.” Su mensaje vibra sólo en las ondas de su aire. Al entrar en contacto con el nuestro, la combustión es instantánea. Habremos de conformarnos con las cenizas. “Avaro como el mar”, el océano/ infierno asfixiante de su visión nos es tolerable es la medida en que sólo podemos ser testigos de su retirada. “Es la mar, ida con el sol” Llegamos para encontrar la arena húmeda de una playa desierta, prueba silente de la ola arrasadora que ya no podremos alcanzar. El aire, saturado de sal, nos sofoca. Nos da, también y sin embargo, sed de más. ¿Podemos, entonces, dejar de perseguirlo? Estefanía Viglione
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