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Sobre la muerte PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Marcos Carbajo Carbajo   
martes, 13 de febrero de 2007

“Negar la muerte, no ir a los cementerios, no llevar luto, todo eso pareció una afirmación de la vida, y lo fue, en alguna medida. Pero, paradójicamente, se ha convertido en una trampa, una de las tantas que la sociedad actual ha fabricado para que el hombre no llegue a percibir las situaciones límite, aquellas en las que se nos desploma nuestro mundo, las únicas que nos pueden sacudir de esta inercia en que avanzamos. Decía Donne que nadie duerme en la carreta que lo conduce de la cárcel al patíbulo, y que, sin embargo, todos dormimos de la cuna a la sepultura, o no estamos enteramente despiertos.”

Ernesto Sábato, La Resistencia

 

"Al final de la mente, el cuerpo. Pero al final del cuerpo, la mente."

Paul Valery

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Tumba cementerio de la Almudena, Fotografía tomada por iGema. (*)

 

 

 

La muerte es uno de esos temas cuya indagación presupone la combinación de numerosas perspectivas. De hecho ha sido una problemática abordada desde múltiples disciplinas. La filosofía, las religiones, la biología, la antropología, el derecho. En fin, casi todas las ramas del saber han levantado la voz para decir algo al respecto. En apariencia, tal estado de cosas nos induciría a pensar que este tema se encuentra agotado y que no hay nada que no sepamos de nuestra propia muerte. Mucha tinta ha corrido al respecto y parecería que a nosotros ya no nos queda nada que decir. “Sin embargo, esta impresión progresivamente se diluye, cuando percibimos que en nuestro modo de vida el tema de la muerte ha sufrido las consecuencias de una doble operación:

1- Exclusión: posicionándola fuera del circuito de la sociedad.

2- Negación: ubicándola fuera del campo de las representaciones culturales.“ [1] 

Casi todos los discursos referidos a la muerte no han resistido a estos dos mecanismos, por lo que en la sociedad occidental, a diferencia de las sociedades indígenas “en la que la muerte se asume como algo familiar y omnipresente”[2], ésta  se ha instituido en un tabú.

Esta interdicción social que siempre se suscita al tratar el tema de la muerte se debería  a que ésta es un malestar que aqueja al hombre que vive y se relaciona en la cultura actual.

En el siguiente trabajo nos proponemos desarrollar el tema de la muerte desde el punto de vista de la Psicología, teniendo en cuenta, sobre todo, las hipótesis enunciadas por Sigmund Freud.  

Comprensión de la muerte

En su esfuerzo por comprender la muerte, el ser humano pasa por diferentes etapas a través de las cuales intenta asimilarla. La concepción de muerte que los niños tienen antes de los cinco años está basada en representaciones de diversas teorías que han escuchado de sus padres u otras personas adultas. Así, suelen creer que se trata de un viaje, o un largo sueño, del que eventualmente regresarán. Más adelante, entre los cinco y los nueve años, el niño modifica su visión. Encontramos una personificación, gestada también por las palabras de los adultos, que crea en la imaginación del niño un ser que vendrá en busca del muerto, esta vez en un viaje sin retorno. Quien se ha ido, sin embargo, continúa viviendo en otro sitio, oculto. El último cambio se produce alrededor de los nueve años. A partir de entonces se establecerá una concepción relativamente permanente que entiende la muerte como un proceso orgánico que termina con toda actividad física [3].

Nos interesa aquí mencionar también la visión católica de la muerte, teniendo en cuenta que dicha religión pr3redomina en nuestra cultura. Esta concepción cristiana entiende la muerte como el preludio de la verdadera vida, en la que se alcanzará la felicidad eterna. Allí se compartirá el cielo con el padre creador. No obstante, para alcanzar este estado es necesaria  una vida terrenal llena de sacrificios y devoción, lo cual nos redimirá del pecado original.

Actualmente, se afirma que la concepción de la muerte a sido atravesada por el discurso de la medicalización, palabra introducida por Michael Foucault que se refiere a las prácticas, ideologías y saberes, manejados no sólo por los médicos sino también por el conjunto social; con funciones de control y normatización.

En el siglo XVIII comienza a operarse en la sociedad occidental un “despegue” del sistema médico y sanitario,  proceso a través del cual numerosas áreas de la vida social, antes reguladas por diferentes poderes (como la familia o la comunidad religiosa), pasan a depender del control de la medicina.[4] La muerte no escapó a este proceso, por lo que el concepto de muerte que manejamos actualmente es el de muerte medicalizada. La medicalización atraviesa, pues, tanto los discursos que intentan incluir la muerte como aquellos que la niegan, la excluyen.

Como podemos observar, en ninguno de los esfuerzos por comprender la muerte anteriormente citados, se entiende a ésta como lo que en realidad es: el final de la existencia del sujeto. Esto se debe a que intentar concebir nuestra propia muerte genera un malestar muy grande.

Por esta razón, en el presente trabajo nos dedicaremos a analizar la muerte considerada como un malestar que aqueja al hombre en la cultura. De acuerdo con lo postulado por Freud[5], entendemos “cultura” como el conjunto de instituciones y producciones que regulan las relaciones de los hombres entre sí y los protegen de la naturaleza. Sin embargo, la cultura genera situaciones de displacer para los hombres que la comparten[6].

En este marco, Freud propone tres fuentes de sufrimiento que pueden encontrarse en:

üEl propio cuerpo

üLa naturaleza

ü Las relaciones humanas

El hombre tiene una fuerte aversión hacia la idea de la muerte, tanto la propia como de los seres queridos, que en ocasiones lo conduce a un estado de impotencia, pena y aflicción. Este estado encuentra su procedencia en las dos primeras fuentes de sufrimiento que postula Freud. Se debe a algo que nunca llegaremos a dominar: la Naturaleza y, por lo tanto, al formar nuestro organismo parte de ella, es limitado y temporal y es imposible tener un completo control sobre él. A pesar de que nos pertenece, está condenado a una muerte inexorable.

Existe una tendencia a relacionar o a definir la muerte como “el fin de la vida”. Basándonos en dicha concepción se podría decir que la meta final de la vida es la muerte. Esta meta es la misma para todo ser viviente y no hay forma de evadirla. Sin embargo, a pesar de que todos seamos concientes de que “todos los hombres son mortales”, nuestro inconsciente alberga un rechazo absoluto a dicho precepto. Más aun,  algunas personas ven en la muerte el principio de una nueva vida, hay una negación rotunda a relacionar la muerte con la desaparición eterna.

Concepción freudiana de la muerte

En la teoría freudiana, se considera que la muerte no es internalizada por los individuos, sino que existe una tendencia a negar su inminencia. En “Consideraciones sobre la guerra y la muerte”[7], Freud expresa: “La muerte propia es, desde luego, inimaginable y cuantas veces lo intentamos  podemos observar que continuamos siendo en ello meros espectadores, [...] en el fondo, nadie cree en su propia muerte o, lo que es lo mismo, en lo inconsciente todos estamos convencidos de nuestra inmortalidad”[8].

El hombre pretende hacer de la muerte un hecho azaroso, tendencia que se manifiesta en el énfasis puesto en recalcar las circunstancias que provocan la muerte y que pueden ser evitadas: enfermedades, accidentes, infecciones.

Freud, en la obra citada, explica esta incredulidad del hombre en su propia muerte apelando a la figura del hombre primitivo. Éste, según esta postura, reconoció la muerte como tal y la entendió como fin de la vida, pero a la vez la negó, para no reconocer la propia muerte. Sin embargo, la muerte de los demás le era grata, especialmente la de los enemigos.

Empero, Al sufrir la pérdida de un ser querido, no pudo ya mantener alejada la muerte, aunque tampoco pudo imaginarse muerto a sí mismo. De aquí deduce Freud la idea de muerte que manejan los hombres, cuya génesis adjudica a una transacción que consistió en reconocer la eventual llegada de la muerte propia, pero sin asignarle a ésta el significado tan temido del fin de la vida.

Es entonces cuando se gestan la separación de la mente y el cuerpo y la vida ultraterrena, piezas con las que el hombre juega a aceptar la muerte. 

La castración de la vida

En todas las etapas del desarrollo sexual del niño, éste encuentra un objeto sexual en el que busca descargar sus pulsiones. Durante el período del complejo de Edipo, el objeto al que nos referimos lo constituye la madre.

En esta época se le asigna gran importancia a los genitales,  en ellos se centra toda  su atención. Ahora bien, no sólo se preocupa por sus órganos, sino que manifiesta interés hacia los genitales de los demás. Más aun, el niño considera que todas las personas tienen un miembro como el suyo, desconoce las diferencias entre los sexos. Incluso cree que los seres inanimados poseen falo[9].

Esta teoría que el niño sostiene es la que se conoce como “Premisa universal del falo”.En determinado momento, el niño se encuentra con evidencias que cuestionan su teoría. Sin embargo, cuando descubre los genitales femeninos, se rehúsa a aceptar la falsedad de su teoría, generando nuevas hipótesis. Entre ellas se destacan la explicación de  la falta de pene por un  crecimiento que no ha sido concretado y la hipótesis de la castración. Esta última consiste en la creencia que el chico mantiene de que el pene fue amputado como castigo por un mal comportamiento. Por este camino, el niño arriba a la conclusión de que su propio miembro corre el riesgo de ser mutilado.

A pesar de estas amenazas, persiste en el niño la atracción por su madre. “El padre entra entonces en el triángulo como función de corte: doble prohibición, como dice Lacan. Prohibición dirigida hacia la madre: no integrarás tu producto. Hacia el hijo: no te acostarás con tu madre. La función del padre es entonces de corte, [...]el padre es el agente de castración”[10].

La castración se entiende entonces como un límite impuesto al sujeto infantil. Este no es el único límite que se le impone al hombre. Al final de la vida está la muerte. En este sentido, la muerte se inscribiría, también como un límite al propio cuerpo, constituyendo una herida narcisista.

A este respecto cabe mencionar que el narcisismo consiste en la libido, energía orientada hacia los objetos, donde el objeto es el mismo yo. “[...] Más aun: primitivamente el yo fue su lugar de origen y en cierta manera sigue siendo su cuartel central. Esta libido narcisista se orienta hacia los objetos, convirtiéndose así en libido objetal; pero puede volver a transformarse en libido narcisista”.[11] 

A partir de esto podemos decir que la muerte se entiende como herida narcisista porque el sujeto posee una carga libidinal dirigida hacia su propio cuerpo y el temor a la muerte lo enfrenta a la pérdida de sí mismo.

Enfrentando la muerte

De lo mencionado anteriormente deducimos cuando un ser humano se encuentra en la postrimería de su vida que: “A partir de este momento, el paciente necesita realizar un trabajo de anoticiamiento subjetivo, que al modo de trabajo de duelo implica un movimiento libidinal donde quedan involucrados la imagen del cuerpo, el narcisismo, el ideal del yo, la relación con los otros y el mundo exterior”.[12] 

Al respecto, A. Alizalde en Clínica con la muerte establece la existencia de un sistema de apoyo en los moribundos, que los ayuda a combatir el sentimiento de impotencia que les genera la seguridad de la muerte cercana. Seguridad que, desde la perspectiva freudiana, entendemos como ficcional ya que esa muerte de la que se tiene conciencia no se entiende como el final de la vida.

Ahora bien, trátese o no de una persona en la cercanía de la muerte, podemos coincidir con Alizalde sobre la existencia de sistemas de apoyo. La autora propone que éstos pueden dividirse en externos e internos. Los primeros son los constituidos por la familia, equipo tratante, los amigos, la casa, el dinero, etcétera.. El apoyo interno está constituido “con la suma de las personas o rasgos de personas internalizadas de manera positiva y con toda la vida interior de creencias, religión, filosofía de vida (pensamientos como apoyo), etcétera.” 

A continuación desarrollaremos la posibilidad de la religión como apoyo interno, refugio al que acude una gran mayoría de los hombres, en este momento lo haremos desde la perspectiva psicoanalítica y sin detenernos especialmente en el caso de aquellos que se enfrentan con una muerte próxima. Posteriormente ejemplificaremos los aportes que brinda la terapia psicoanalítica. En este caso, sí ateniéndonos a los enfermos terminales, que son quienes consultan especialistas de la salud mental para enfrentar la muerte. 

Terapia psicoanalítica

            De acuerdo con las ideas de Alizalde, los pacientes que concurren a sesiones de psicoterapia, en muchos casos, lo hacen simplemente para complacer a los familiares o al equipo tratante, que creen ver en la intervención psicoanalítica una posibilidad para brindarles asistencia. Es por ello que el analista debe determinar si el paciente realmente requiere su ayuda.

En caso de que así sea, el paciente se presentará en busca de alivio, y de un cierto equilibrio entre lo que desea saber y no saber. El analista, para serle útil, deberá trabajar sobre las fantasías asociadas, los mecanismos de defensa, las creencias, el sistema de apoyo, la religión y la idea de muerte que tiene el paciente.

Todo tratamiento, en los casos que nos ocupan, debe contar entre sus objetivos con el fortalecimiento de los sistemas de apoyo a los que hacíamos referencia. 

La religión

            En principio, la religión se nos presenta como un camino a seguir en nuestra búsqueda de la felicidad. La religión se nos mostraría, entonces, como un sistema de creencias que explicarían el objeto de nuestra vida y, particularmente, la naturaleza de nuestra muerte. Afirma Freud, “Decididamente, sólo la religión puede responder al interrogante sobre la finalidad de la vida. No estaremos errados al concluir que la idea de adjudicar un objeto a la vida humana no puede existir sino en función de un sistema religioso.”[13] 

La religión católica, a la cual nos atendremos, concibe la muerte como un tránsito hacia una verdadera vida. En este sentido, la religión nos ayudaría, en principio, a soportar gran parte de los sufrimientos que el mundo nos impone. Y nos protege de los peligros que nos acechan. [A los dioses] “se les sigue atribuyendo una triple función: Espantar los terrores de la naturaleza, conciliar al hombre con la crueldad del destino, especialmente tal y como se manifiesta en la muerte, y compensarle de los dolores y las privaciones que la vida civilizada en común le impone.”[14] 

En El porvenir de una Ilusión Freud intenta explicar este hecho afirmando que en un primer momento,  “La libido sigue los caminos de las necesidades narcisistas y se adhiere a aquellos objetos que aseguran la satisfacción de las mismas. De este modo, la madre, que satisface el hambre, se constituye en el primer objeto amoroso y, desde luego, en la primera protección contra los peligros que nos amenazan desde el mundo exterior, en la primera protección contra la angustia, podríamos decir.

Sin embargo, la madre no tarda en ser sustituida en esta función por el padre, más fuerte, que la conserva ya a través de toda la infancia. Pero la relación del padre con el niño entraña una singular ambivalencia. En la primera fase de las relaciones del niño con la madre, el padre constituía un peligro y, en consecuencia, inspiraba tanto temor como cariño y admiración. Todas las religiones muestran profundamente impresos los signos de esta ambivalencia en la relación con el padre,[...] y cuando el individuo advierte que está destinado a seguir siendo siempre un niño necesitado de protección contra los temibles poderes exteriores, presta a tal instancia protectora los rasgos de la figura paterna y crea sus dioses, a los que, sin embargo de temerlos, encargará de su protección. Así pues, la nostalgia de un padre y necesidad de protección contra las consecuencias de la impotencia humana son la misma cosa. La defensa contra la indefensión infantil presta a la reacción ante la impotencia  que el adulto ha de reconocer, o sea precisamente a la génesis de la religión, sus rasgos característicos.“ [15] 

Esta ilustración freudiana nos permiten explicar el hecho de que encontremos algunas personas que reniegan de la existencia de Dios culpándolo de todos los males que nos aquejan, sobre todo de la muerte. Si establecemos un paralelismo entre muerte y castración encontramos que, de la misma forma que el padre es el agente de castración, Dios es el culpable de nuestra muerte y de nuestras enfermedades.

Un buen ejemplo de este tipo de pensamientos está ilustrado en “Letters from the Earth”, de Mark Twain, que lo atribuye a la profunda maldad de Dios Creador “El ser humano”, escribe Twain, ”es una máquina, una máquina automática compuesta de millares de mecanismos complejos y delicados, que ejercen sus funciones armoniosa y perfectamente. [...] Para cada uno de estos millones de mecanismos, Dios estudió un enemigo, cuya tarea es atormentarlo, afligirlo, perseguirlo, dañarlo, martirizarlo con dolores y sufrimientos y, finalmente, destruirlo. Y no se olvidó de ningún mecanismo [...] Todos los agentes de muerte especialmente feroces, son invisibles. Es una idea ingeniosa, que durante miles de años impidió que el hombre descubriese el origen de las enfermedades, frustrando sus esfuerzos por dominarlas”[16]

Según Freud, esta posición de enfrentamiento con Dios es equivalente a la pugna entre el hijo y el padre en el complejo edípico. Por el contrario, aceptar a Dios, la muerte y los sufrimientos que Dios nos impone, en fin, abrazar la religión, sería aceptar nuestra castración. “El combate interior tiene de nuevo en el terreno religioso su desenlace, predeterminado por el destino del complejo de Edipo: una completa sumisión a la voluntad de Dios- Padre”[17] 

Para concluir...

Desde el comienzo de la civilización el hombre se ha enfrentado al enigma de la muerte, que ha intentado intelectualizar por diferentes caminos. Sin embargo, no parece sencillo alcanzar la incorporación de este concepto.

La perspectiva freudiana nos ha brindado la explicación de este problema: el hombre encuentra imposible representarse su propia muerte. Sus intentos de alcanzar este objetivo no hacen sino negarla y excluirla.

Este hecho genera un malestar a la hora de enfrentarse con la inminencia de la muerte. Malestar que, en realidad, nos acosa durante toda la vida. Por esta razón, Freud afirma: “Si vis vitam, para mortem. Si quieres soportar la vida, prepárate para la muerte.”

Como hemos visto, la muerte es interpretada como una suerte de castración, que genera una herida narcisista en el sujeto. Para paliar el malestar que con ella se presenta, el hombre recurre a distintos sistemas de apoyo, mediante los cuales pretende contrarrestar el displacer que la situación le produce (religión, apoyo psicológico, familia, etcétera).

Estos sistemas de apoyo son un medio del que nos valemos para intentar comprender y asimilar la muerte. Entendemos que alcanzar la aceptación de la muerte mejorará nuestro tránsito por la vida.


“Contemplaba con mirada de pequeño dios impotente el conglomerado turbio y gigantesco, tierno y brutal, aborrecible y querido, que como un temible leviatán se recortaba contra los nubarrones del oeste. El sol se ponía y a cada segundo cambiaba el colorido de las nubes en el poniente. Grandes desgarrones grisvioláceos se destacaban sobre un fondo de nubes más lejanas: grises, lilas, negruzcas. Lástima ese rosado, pensó, como si estuviera en una exposición de pintura. Pero luego el rosado se fue corriendo más y más abaratando todo. Hasta que empezó a apagarse y, pasando por el cárdena y el violáceo, llegó al gris y finalmente al negro que anuncia la muerte, que siempre es solemne y acaba por conferir dignidad.Y el sol desapareció.”

Ernesto Sábato, La Resistencia



[1] EPELE, M.: “La relación médico-paciente en el cáncer terminal: una aproximación a la muerte en la sociedad compleja” en Revista Chilena de Antropología. Departamento de Antropología. N° 12. Santiago, 1993 – 1994. Página 87.

[2] Idem.

[3] VINCENT THOMAS, L: Antropología de la muerte. F.C.E., México, 1993. Páginas 329-330.

[4] cfr.: FOUCAULT, M: La vida de los hombres infames. Ensayos sobre desviación y dominación. La piqueta. Madrid 1990. Páginas 95-173.

[5] FREUD, S.:”El malestar en la cultura” en Obras completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 1975 página 21.

[6] Ibídem,  página 18 “nuestra llamada cultura llevaría gran parte de la culpa por la miseria que sufrimos, y podríamos ser mucho más felices si la abandonásemos para retornar a condiciones de vida más primitivas[...]es innegable que todos los recursos con los cuales intentamos defendernos contra los sufrimientos amenazantes proceden precisamente de esa cultura”

[7] FREUD, S.: “Consideraciones sobre la guerra y la muerte”en Obras completas, Biblioteca Nueva, Madrid,1975

[8] Ibídem página 2110

[9] Cfr.  FREUD, S.:“La Organización genital infantil” en Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1975

[10] MASOTTA, O.: “Edipo, Castración, perversión” en Ensayos lacanianos, Anagrama, Barcelona, 1976

[11] FREUD, S.: “El malestar en la cultura” en Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1975, página 3050

[12] SALA, R.; FEIN, L.; FRANZEN, M.; ZANINI, K; y ABT, A.: “Cuidados Paliativos. ¿El final de la vida?” en Diario La Capital. Miércoles 15 de Agosto de 2001.

[13] FREUD, S.: “El malestar en la cultura” en Obras completas, Ed. Biblioteca Nueva, Madrid, 1975

[14] FREUD, S.: “El porvenir de una ilusión” en Obras completas, Ed. Americana, Buenos Aires, 1943

[15] Ibídem páginas 31-32

[16] BERLINGER, G.: “El derecho a la vida y la ética médica” en Salud y Cambio. Año 4 N° 14. Página 13.

[17] FREUD, S.: “Una experiencia religiosa” en Obras completas, Ed. Americana, Buenos Aires, 1943, página 296

 

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