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El potro salvaje de Horacio Quiroga y Axololt de Julio Cortázar PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Josefina P. Calzada Trocones   
domingo, 01 de junio de 2008

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Un elegante Quiroga posando en 1900
Al hablar de Horacio Quiroga no podemos dejar de mencionar que sus cuentos constituyen un antecedente singular de la narrativa regionalista y aún más, de la actual narrativa latinoamericana, debido a ello es considerado el padre de la cuentística de esta zona del continente americano.

Luego de diversos intentos narrativos el escritor descubre Misiones. El contacto con aquella naturaleza salvaje y con la fascinación que el peligro de vivir en ella le provoca, hacen que Quiroga descubra el gran tema literario de su obra: la muerte. Es Misiones quien abre su camino hacia un quehacer personal que lo define como hombre e intelectual. El autor se impone una cierta falta de solidaridad con sus personajes para alcanzar objetividad, y la logra, pues cada uno de los destinos que se viven en sus cuentos despiertan en el lector una intensa y desnuda emoción estética. El tratamiento del motivo de la vida en la selva es, sin dudas, captado en términos dramáticos, y es en estas narraciones donde la técnica llega a su más alto grado de perfeccionamiento, pues en ellos importa más que el destino individual, el sentido humano del conflicto. Fue, en síntesis, un maestro de la imaginación.

Por su parte, Julio Cortázar, más cercano a nosotros en el tiempo, se ha ganado su lugar al lado del maestro. Es este argentino ejemplo del narrar contemporáneo donde el absurdo y lo fantástico se combinan dentro de un marco verosímil y un fondo social. El uso de la fantasía como método le permite plantear un complejo fenómeno de la correlación entre espacio y tiempo con la vida humana y la autoconciencia del hombre. Sus relatos rompen muchas veces las fronteras entre la realidad y la fantasía, por lo que no es extraño ver convertido lo habitual y familiar en algo desconcertante que produce efectos variados e inquietantes. Sus personajes están enfrascados en una búsqueda  incesante, esto los hace vulnerar el tiempo y dominarlo. De forma general, su narrativa urbana no describe a un personaje directamente, sino más bien a un héroe colectivo o despersonalizado para tratar de imprimir generalidad al problema. Sus narraciones fluyen en ritmo ascendente, posesivo, y por ello el lenguaje adquiere gran riqueza expresiva. En muchas de sus obras se plantea la alienación del hombre y el divorcio entre el individuo y la sociedad.

El acercamiento a estos dos cuentos se debe a la necesidad de demostrar cómo la creación artística responde a objetivos concretos y que la materia literaria, la ficción, se expresa en un sistema lingüístico previamente establecido.


El potro salvaje, de Horacio Quiroga.

Un joven potro de ardiente corazón va del desierto a la ciudad a vivir del espectáculo de su velocidad. El narrador se detiene en describir  la forma de correr del caballo, libre, en disparadas salvajes. Este tenía pocas aptitudes para el arrastre, pero se entregaba fervientemente en sus carreras. Las personas no sabían apreciar el espectáculo, pero él confiaba en que algún  día sería reconocido. En la ciudad pasa hambre corre por un poco de pasto ardido y seco, hasta que un día, cuando estaba ya cansado, comenzó a reservarse, a engañar. Alcanzó el éxito, pero cada vez exigía más para dar (comprar) el deseo de correr. Pierde el caballo su libertad a pesar de haber alcanzado la gloria. Dos hombres que lo habían visto correr en su juventud se lamentan de la posición adoptada por el potro para alcanzar su fama. El cuento termina con un apóstrofe del narrador en el que ofrece el mensaje. Tal es el argumento de la obra.

Los personajes son escasos: el joven potro, los dos hombres y el narrador.

El protagonista aparece personificado, no es un animal, sino el símbolo de todas las personas que venden lo mejor de sí para alcanzar algo.

Acerquémonos más detenidamente al cuento.

En el primer párrafo nos ubica, a manera de introducción, en el conflicto que habrá de desarrollarse más adelante. Es preciso observar la expresión “... llegó del desierto a la ciudad a vivir del espectáculo de su velocidad” En esta frase final se expresa el propósito que tenía el joven potro, y con ella se apuntan ya las primeras claves a descifrar: ¿lo logrará?, ¿cómo lo hará?.

El narrador, omnisciente en su conocimiento, comienza describiendo la forma de correr del caballo y se complace en lo grandioso del espectáculo. En correspondencia con ello aparecen en el párrafo tres de las claves semánticas más importantes de la obra: correr, libertad y velocidad. El ritmo de la prosa, modernista en su esencia, se complace en ofrecer una imagen cinética de la carrera del potro.

                   “corría con la crin al viento”

                   “corría, se estiraba”.

                   “corría sin reglas ni medida

Es significativo el uso de la iteración y del copretérito pues se pretende dar la idea de continuidad de la acción, de esas disparadas salvajes en las que el potro “se daba todo entero”, con plena libertad. El lenguaje y la estructura son casi simétricos, el párrafo abre y cierra con la palabra correr, motivo de marco a  la imagen ofrecida.

El narrador insiste en el fragmento en una peculiaridad de los animales veloces: su poca aptitud para el arrastre, y pasa a fundamentar el porqué: “tiraba mal, sin coraje, ni bríos, ni gusto”. Este es el pretexto para buscar nuevos horizontes en la ciudad. Reitera la idea inicial, “se dirigió a la ciudad para vivir de sus carreras”, pero especificando ahora mucho más. Comparemos:

“llegó del desierto a la ciudad a vivir del espectáculo de su velocidad”

se dirigió a la ciudad para vivir de sus carreras”

Empecemos a descifrar la segunda incógnita: ¿cómo lo hará? “En principio entregó gratis el espectáculo de su gran velocidad...”¿Por qué?. El autor explica a continuación, las personas ignoraban el gran corredor que había en él. Quiroga se complace entonces en describir las carreras del potro.

“...tendido en una carrera loca que parecía imposible superar y que superaba a cada instante, pues aquel joven potro como hemos dicho, ponía en sus narices, en sus cascos y en su carrera todo su ardiente corazón”.

Si se analizan las frases o vocablos en negrita volvemos a apreciar la idea de velocidad desbordada que se ha querido trasmitir: carrera loca  (epíteto que alude a la velocidad), imposible superar y que superaba (a la vez que parecía imposible, el potro superaba su propia velocidad); y más adelante se da un proceso de integración y desintegración interesante. El autor quiere dar la idea de máxima velocidad, lo logra a través de  esas expresiones anteriores para luego acrecentarla con la siguiente imagen.

Es la entrega sin freno, de un todo y de cada una de sus partes.

Pero esa carrera sin elegancia, tan desbordada, tan libre, no satisfizo a los espectadores. Concluye esta idea con una situación monologal en la cual se ofrece la decisión del potro de no cejar en su empeño.

Continúa el cuento demostrando el cómo lo hará. El párrafo siguiente se inicia con una pregunta retórica indirecta: “de qué había vivido hasta entonces en la ciudad apenas él podía decirlo”. Y a continuación se responde: “de su propia hambre, seguramente...”

La prosa se agiliza y se recurre para ello a una situación dialogal imaginaria entre el potro y los posibles empresarios. En la respuesta de esos capitalistas predomina el no compromiso, la inseguridad, de ahí el uso de los puntos suspensivos y el ofrecimiento de “un poco de pasto ardido y seco”. El potro aceptó contento, “porque lo que él quería era correr”.

Ahora también el tiempo se acelera, los adverbios, las frases temporales y las locuciones adverbiales son empleadas para dar ese transcurrir:

·         Joven potro de corazón ardiente

·         Corrió, pues, ese domingo y los siguientes

·         A veces

·         Poco a poco

·         El tiempo pasaba, entretanto

·         Y llegó por fin un día

·         Entonces

·         En aquel tiempo

·         Ahora estoy cansado

·         Yo lo he visto correr en su juventud

Como puede observarse apenas hay alusiones temporales, sin embargo, expresiones como las anteriores dan el decursar del tiempo de la vida del potro (la primera y la última dan el marco de la vida)

Corrió entonces dándose por entero en cada carrera, sin pensar en reservarse, en engañar. Pero los espectadores “no comprendían su libertad” Recordemos la asociación de los motivos centrales de la obra: carrera, libertad, velocidad. Cuando el ser humano se da todo, puro y sincero tiene libertad, pero en las sociedades clasistas eso no es comprendido ni aceptado.

Vuelve a insistirse en el bello espectáculo de la carrera en la que el potro se entregaba en cuerpo y alma. Un detalle a señalar es que en la obra no hay descripciones del ambiente, predomina la descripción del caballo dada en breves pinceladas: “un joven potro de corazón ardiente”, “esta era la fuerza de aquel caballo”, “veloz animal”; y las del espectáculo de la carrera, como esta otra: “comenzaba el trote, como siempre, con las narices de fuego y la cola en arco; hacía resonar la tierra en sus arranques, para lanzarse por fin a campo traviesa, con un verdadero torbellino de ansia, polvo y tronar de cascos”.

En estas descripciones se destaca el alto vuelo poético del lenguaje, así como el uso certero del adjetivo.

Poco a poco los paseantes se acostumbraron a la libertad de la carrera: “no corre por las sendas como es costumbre (...) pero es muy veloz, tal vez tiene ese arranque porque se siente más libre...,y se emplea a fondo”.

El narrador, entonces, ofrece su conclusión y para ello usa la expresión enfática “en efecto”. Termina este segmento temático con una breve expresión monologal del caballo.

Se da paso entonces a la segunda parte del cuento. Hasta ahora el  potro ha entregado gratis su carrera, se ha dado en corazón y alma, libremente, por un puñado de pasto. Pero el tiempo pasó y en la madurez “llegó por fin un día” en que los espectadores confiaron en las posibilidades de 2aquel caballo de carrera”, los organizadores lo contrataron y le brindaron grandes y apretados fardos de alfalfa, avena y maíz. Pero la fama llegó cuando ya estaba cansado, ya “no poseía las ansias de correr de otros tiempos”. Comenzó entonces a calcular las ganancias, las ofertas, los descansos, ya no se daba libremente en sus carreras, era necesario “excitar, adular, comprar aquel deseo de correr”. Si nos fijamos en el último infinitivo, clave semántica que se añade a la pérdida de valores. El hombre (potro) se vende al mejor postor, logra el éxito deseado, ¡pero a qué costo!.

No por gusto el siguiente párrafo inicia con la oración:

Libertad... No, ya no la tenía.

 

Sustitución pronominal: libertad.

 

A libertad le suceden tres puntos suspensivos que contribuyen al énfasis que quiere imprimir el autor al adverbio oracional de negación. Se ha perdido la libertad al perder la dignidad. Hasta ese momento en el cuento el concepto de libertad aparece en función sustantiva en siete ocasiones y una como complemento predicativo, sin embargo, a partir de esa oración conclusiva, no vuelve a mencionarse más.

Aparecen entonces los dos hombres que realizan una intervención fugaz, pero trascendente. Ellos pudieron ver al potro cuando era joven y libre y lo ven después cuando se ha convertido en un caballo de carrera famoso, el comentario lo hacen indirectamente, con “tristes palabras”. El autor pone su voz y su mensaje en estos personajes.

Juventud y Hambre son el más preciado don que puede conceder la vida a un fuerte corazón”.

Mención aparte merecen estos dos sustantivos que con mayúscula aparecen dentro del cuento: Juventud y Hambre, significando dos valores que estaban presentes en el potro cuando tenía libertad, cuando aún no se había vendido.

El narrador, omnisciente primero, testigo después, da la concepción ética de Quiroga en ese apóstrofe final que corrobora lo planteado por los dos hombres anteriores, acentuada por el sentido apelativo de su intervención iniciada con el vocativo “Joven potro...” . Si se analiza la estructura compositiva de este apóstrofe podemos resumir el argumento y el mensaje del autor. Establezcamos  in menti las redes semánticas entre carrera, sin valor, gloria, fraudulentamente, haberte dado y puñado de pasto.

No queremos concluir sin acercarnos estadísticamente a la obra. Hemos dicho que el autor pretende impresionar con la velocidad de la carrera del potro y para ello emplea 40 veces esta palabra en distintas funciones:

corría (copretérito .......... 4)

carrera (sustantivo......... 15) 

    Correr                                 corredor (sustantivo......    1)

 (infinitivo 13)                       corrió (pretérito ............    3)

                                              corriendo (gerundio ........   1)

                                              había corrido (antecopretérito.......2)

                                              corre       (presente........     1)

La idea de velocidad aparece asociada a la de la carrera.

                                       velocidad (sustantivo..........      9)

                                       veloces    (adjetivo .............      1)

                                       veloz  (adjetivo  .................      1)

Esta idea de velocidad se logra además por medio de otras expresiones lingüísticas, tales como:

·         Disparadas salvajes.

·         Carrera loca.

·         Parecía resonar la tierra en sus arranques.

·         Para lanzarse al fin a escape.

·         En un verdadero torbellino de ansia, polvo y tronar de cascos.

·         Velocidad salvaje.

·         Ardiente velocidad.

Con respecto al concepto de libertad que se halla asociado a las dos ideas anteriores ya hemos dicho que aparece en 7 ocasiones como sustantivo y 1 como complemento predicativo.

En este acercamiento es necesario aludir también al uso de los tiempos verbales. Evidentemente en el cuento hay un predominio del copretérito de indicativo, ya sea en su forma simple o compuesta. Este tiempo se emplea para describir acciones del potro y expresar el proceso de su carrera (76)

Como hemos señalado en la introducción no es del interés del autor describir el ambiente, sabemos que la acción se desarrolla en el desierto y en una ciudad, eso basta. Lo que sí interesa destacar es la atmósfera en que se desenvuelve el conflicto de este joven potro (hombre), que como otros muchos pierden su valor, su dignidad.

Podemos entonces responder la primera interrogante planteada, ¿lo logrará?. Sí, alcanza el éxito, la fama, ¡pero cuánto se empobrece espiritualmente! ¿Verdad?.

 

Axolotl, de Julio Cortázar.

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Julio Cortázar
Muy contemporáneo, Cortázar se adentra en muchos de sus cuentos en la sociedad capitalista y los antivalores que este sistema engendra en el hombre. Narraciones como “La puerta condenada”, “El perseguidor”, “Casa tomada”, entre otras, reflejan la enajenación, cosificación o alienación humana en países donde la explotación del hombre por el hombre es lo común.

Axololt es un reflejo de esa cosificación del ser humano. La trama, aparentemente sencilla, aborda la historia de un hombre que, aburrido, visita un zoológico que no lo atrae y termina su camino en un acuario en el que “inesperadamente” se da con los axolotl. Es tal la impresión que se queda allí “incapaz de otra cosa”. La atracción que ejercen estos peces sobre él, hace que diariamente visite el acuario hasta que él mismo se siente encerrado dentro de la pecera. “Sin transición, sin sorpresa, vi mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio...” El personaje  siente horror al creerse “prisionero de un cuerpo de axolotl, transmigrado a él con (mi) pensamiento de hombre, enterrado vivo en un axolotl...”. Concluye así el proceso de cosificación.

Interesante es acercarse profundamente a este cuento, que inicia in extrema res: “Hubo un tiempo en que yo pensaba mucho en los axolotl.” En este período psicológico es significativo el uso del pretérito inicial que subraya el tiempo humano del personaje, en contraste con el presente conclusivo de animalidad de la última oración del párrafo, enfatizado con el adverbio temporal ahora: ”Ahora soy un axolotl”.

Este primer segmento temático ofrece de manera sucinta el argumento: antes fui humano, ahora soy pez.

A continuación, el personaje, en flasback, inicia la historia que permite enterarnos de lo que le sucedió. En este narrar es representativo el uso de los verbos en pretérito, ubicados en una secuencia que guarda una lógica semántica con el sustantivo azar.

El azar remite a la idea de la casualidad y seguidamente “llevé, bajé, tomé, vi, acordé, dejé, fui, opté”. Interesante relación entre el azar y opté. Es como si estuviéramos en un juego en el que al final tomamos una decisión. Y una vez que se opta por algo  soslayé, me que dé... mirándolos y salí”.

Mirar/ver son dos verbos en las más variadas formas y funciones, se repiten en el cuento a manera de leit motiv para dar la obsesión que va provocando en el personaje la contemplación del pez.

En el tercer segmento el uso del pretérito sirve para narrar las acciones del hombre (protagonista) y el copretérito para describir al pez (antagonista) Vuelve a establecerse una lógica interna entre las acciones realizadas: “consulté, supe, leí, encontré”. ¿Qué encontró?. Pues que los axolotl;

·         Son formas larvales.

·         Una especie de batracios.

·         Del género amblistoma.

·         Eran mexicanos.

·         Nombre español: ajolote

·         Son comestibles.

La acción se hace más lenta en el párrafo siguiente para demostrar el proceso de identificación pez/hombre. Volvió una y otra vez hasta comprender: “que estaban vinculados, que algo infinitamente perdido y distinto seguía sin embargo uniéndonos

Esta unión lo hace sentir como suyo el espacio vital del axolotl, espacio “angosto y mezquino”. ¿Por qué no ver aquí una alusión a la sociedad capitalista?

El narrador, protagonista de los hechos, se halla psíquicamente alterado, “turbado” ante la mirada de los ojos del axolotl y en ese estado, aísla mentalmente una figura y comienza un mirar impúdico, que le permite detallar al pez.

Detengámonos en la descripción para señalar un aspecto significativo: “...terminado en una cola de pez de una delicadeza extraordinaria, la parte más sensible de nuestros cuerpos...” El pronombre posesivo recalca que el hombre ya se siente pez: animalidad, cosificación. Mientras, un poco más adelante dice: “...las patas, de una finura sutilísima, acabadas en menudos dedos, de uñas minuciosamente humanas” A la par que el hombre se va  bestializando el pez se va humanizando.

Los ojos se convierten en obsesión y por tanto son claves semánticas o motivos de la acción. “Y entonces descubrí sus ojos, su cara. Un rostro inexpresivo, sin otro rasgo que los ojos, dos orificios como cabezas de alfiler, enteramente de un oro transparente, carentes de toda vida pero mirando, dejándose penetrar por su mirada que parecía pasar a través del punto áureo y perderse en un diáfano misterio interior...”

La idea del color que aparece en el fragmento anterior con el adjetivo áureo se refuerza pues están ubicados en “la carne rosa de la cabeza vagamente triangular”, en la que  le crecían tres ramitas rojas como de coral...” Esta misma imagen del pez se repite, pero fragmentadamente, en otras ocasiones. A continuación, y sin ruptura aparente se produce una especie de transición; el hombre describía al axolotl y de pronto, es el pez quien nos habla: “Es que no nos gusta movernos mucho, y el acuario es tan mezquino; apenas avanzamos un poco nos damos con la cola o la cabeza de otro de nosotros; surgen dificultades, peleas, fatiga. El tiempo se siente menos si nos estamos quietos...”

Cortázar quiere destacar las características humanas que van surgiendo en el pez, este ya puede pensar y hablar, de ahí el uso reiterado de la forma pronominal nos  y de los verbos en primera persona del plural.

Continuando con esta misma temática, el quinto segmento precisa cada vez más la obsesión que provocan los ojos del animal en el hombre: “Oscuramente me pareció comprender la voluntad secreta, abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente (...) Sus ojos, sobre todo, me obsesionaban (...) Los  ojos de los axolotl me decían de la presencia de una vida diferente, de otra manera de mirar...” En este mirar incesante, el autor nos remite a la idea de que entre pez y hombre se produce una especie de fluido psíquico, cada vez más intenso debido a la inmovilidad del axolotl. Estado que se repite en el cuento reiteradamente.

·         Observando su inmovilidad

·         Asomarme a esas figuras silenciosas e inmóviles

·         Abolir el espacio y el tiempo con una inmovilidad indiferente.

·         Ellos seguían mirándome, inmóviles.

Se insiste nuevamente en la idea del color de los ojos con los mismos tonos que en el segmento anterior.

Antes

Ahora

Punto áureo

Puntos áureos/ojos de oro

Carne rosa

Criaturas rosadas

 

Y valiéndose de un lenguaje poético nos ofrece la sensación que en él provoca la mirada del axolotl: “ los ojos de oro seguían con su dulce, terrible luz...” Fijémonos en el contraste dulce/terrible para referirse al brillo  (luz) de los ojos del pez.

En el sexto apartado se retoma la clave semántica de la historia: la cosificación. “Lo supe antes de esto, antes de ser un axolotl”  Oración con sujeto contextual que nos remite al protagonista ahora en su presente de animalidad. El segmento concluye con una serie de oraciones muy breves que aceleran el ritmo de la prosa: “Eso miraba y sabía. Eso reclamaba. No eran animales.”, en las que eso refiere no sólo a lo observado sino a lo deseado para  concluir con la enunciativa negativa de sentido conclusivo: “No eran animales”.

El párrafo que continúa reitera la idea de no animalidad del axolotl al atribuirle a estos la capacidad de pensar, de pedir auxilio. Pero no olvidemos que esta mente que fluye está trastornada, turbada, por eso no es de extrañar que más adelante nos diga: “No eran seres humanos, pero ningún animal había encontrado una relación tan profunda conmigo...”

Interesante es asimismo la alusión a la cultura azteca que se hace al final del segmento, para referirse a la crueldad implacable de los rostros de los axolotl.

El apartado siguiente inicia con una oración de sentido enfático. ¿Qué sensación producía en este hombre el mirar de los axolotl? “Les temía”. Y era que sentía que los peces “(me) devoraban lentamente con los ojos, en un canibalismo de oro...”

El noveno segmento inicia con adverbio temporal que actualiza el fenómeno: ahora. La oración concluye con una perífrasis obligativa, veamos: “Ahora sé que no hubo nada extraño, que eso tenía que ocurrir...” ¿A qué se refiere el protagonista con el demostrativo eso? Vuelve a remitirnos a la semejanza de los axolotl con la cultura azteca, a esos indígenas arrasados por el conquistador que en tiempos remotos fueron libres y ahora están presos como los axolotl en sus peceras. “Esperaban algo, un remoto señorío aniquilado, un tiempo de libertad que en el mundo había sido de los axolotl...”

La cosificación va ocurriendo gradualmente, el hombre trataba de explicarse que lo que estaba sucediendo era que él proyectaba su conciencia en el pez: “Inútilmente quería probarme que mi propia sensibilidad proyectaba en los axolotl una conciencia inexistente. Ellos y yo sabíamos...”, pero concluye dándose cuenta, “comprendiendo”, que es un axolotl y que el pez ya no está junto a él, sino fuera de la pecera: “Veía de muy cerca la cara de un axolotl inmóvil junto al  vidrio. Sin transición, sin sorpresa, vi  mi cara contra el vidrio, en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio, la vi fuera del acuario, la vi del otro lado del vidrio. Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.”

Significativo es el ritmo de la prosa en concordancia con el  ritmo acelerado de la tensión del hombre que comprende que ahora es un pez. Esa proporción ascendente se logra a través de la reiteración léxica de lo designado o a través de la sustitución pronominal. Veamos:

·         vi mi cara contra el vidrio.

·         en vez del axolotl vi mi cara contra el vidrio.

·         la vi fuera del acuario

·         la vi del otro lado del vidrio

·         Entonces mi cara se apartó y yo comprendí.

¿Qué comprendió? Su cosificación.

El temor, a esta altura horror, se acelera. El personaje se siente “enterrado vivo”, pues aunque se percibe como axolotl, es capaz de pensar. Ya no hay dudas, la transformación total ha ocurrido. “Yo era un axolotl y él (el axolotl) estaba fuera del acuario, su pensamiento era un pensamiento fuera del acuario”.

Si antes el hombre venía a mirar al pez, ahora es este quien viene a ver al hombre/axolotl, pero lo hace muy pocas veces, hasta que los nexos entre ambos se cortan: “Pero los puentes están cortados entre él y yo, porque lo que era su obsesión es ahora un axolotl, ajeno a su vida de hombre”.

Es notorio el uso del adverbio ahora, que se repite en dos ocasiones en esta sección final de la historia. Si antes nos ha dicho “Yo era un axolotl”, en este instante al que nos hemos referido como presente de animalidad, el protagonista comprende el carácter irreversible de su transformación: “Ahora soy definitivamente un axolotl”, y concluye conformándose con la idea de que quizás el axolotl/hombre pueda escribir un cuento sobre ellos.

Es el pesimismo, la conformidad del hombre enajenado que no  halla solución, que no busca una transformación creadora, que se complace con la contemplación estática. No hay en el cuento crecimiento del hombre en su sentido humano, la naturaleza lo vence.

 

Nota: Los subrayados son nuestros.

 

 

Autora: Josefina P. Calzada Trocones

Lic. en Educación

Profesora Auxiliar

DrC en Ciencias Pedagógicas y Master en Ciencias de la Educación.

 

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