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Lectura de la novela Aura, de Carlos Fuentes PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Patricia Calzada Trocones   
martes, 17 de junio de 2008

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Carlos Fuentes Macías *
“La novela contemporánea perturba porque explora y descubre. Pero su exploración jamás termina y sus descubrimientos se prolongan en más y más interrogantes”

Revista Atenea, Universidad de Chile, 1984

 

La novela que hoy nos ocupa es un reflejo de esa contemporaneidad artística que ha hecho que escritores como el mexicano Carlos Fuentes, penetren, con gran riqueza de invención, en temáticas de vastos horizontes y complejas relaciones.


Carlos Fuentes (1928) es una de los más típicos y contradictorios representantes de la novela latinoamericana contemporánea. La mayor parte de su vida se desarrolló fuera de su país viajando por embajadas diplomáticas. Se educó en los mejores colegios del Continente. Estudió Derecho y Derecho Internacional en Ginebra; fue jefe del  Departamento de Relaciones Culturales del Ministerio de Asuntos Exteriores de su país. Como se puede apreciar pertenecía a la alta burguesía mexicana, no obstante, su infancia, separada de su patria, le había otorgado una peculiar sensibilidad.

México para mí- dice el escritor- era un hecho de acercamientos y separaciones, frente al cual la afectividad no era menos fuerte que el rechazo”.

Toda su producción literaria se apoya en la búsqueda de la identidad perdida, la preocupación por los problemas del lenguaje y su estructura y el hallazgo de una mitología contemporánea. Entre sus obras más connotadas se encuentran: Los días enmascarados, La región más transparente, Zona sagrada, Cumpleaños, Cambio de piel, Las buenas conciencias, Cantar de ciegos y Aura, entre otras.

Aura inicia con un exergo de Jules Michelet revelador de incógnitas y creador de ciertas interrogantes, que se irán develando a lo largo de la novela.

El hombre caza y lucha. La mujer intriga y sueña; es la madre de la fantasía, de los dioses”.

En el análisis que se expondrá a continuación se verán las relaciones de esta bellísima novela corta con el exergo en cuestión.

La obra se estructura en cinco capítulos, de ellos, el primero sirve de introducción al conflicto y de presentación del ambiente y los personajes; el segundo, tercero y cuarto plantean nuevas incógnitas y revelan secretos y el quinto “descubre” las posibles soluciones. Esta estructura parece sencilla aparentemente, no obstante, el problema no es tan simple.

¿Quién es Aura? ¿Qué relación guarda con Consuelo? ¿Quién es Felipe? ¿Por qué Aura no escapa a la tiranía de la anciana? Estos y otros cuestionamientos mantienen el interés y la tensión emocional del lector.

Fuentes emplea en la novela como antes lo hizo en La muerte de Artemio Cruz, el narrador en segunda persona. Allí combinó las tres formas del mundo lírico clasificadas por Kayser: yo-él (actitud objetiva dentro de lo lírico), yo-tú (apóstrofe lírico; yo-yo (interioridad anímica), mientras que aquí se centró en el apóstrofe lírico, parecido a un narrador omnisciente que va descubriéndonos la vida de los esposos durante más de un siglo de existencia. Longevidad alcanzada por subterfugios y magia como se demostrará a lo largo del análisis.

El capítulo I inicia con la oración: “LEES ESE ANUNCIO: UNA OFERTA DE ESA NATURALEZA no se hace todos los días” . Las mayúsculas iniciales logran captar la atención por lo insólito de su uso. Luego, la reiteración léxica del verbo inicial que tendrá en este párrafo una gradación interesante: lees- lees y relees- releerás, ¿qué cosa?. Ese anuncio, una oferta. ¿Quién lo hará? Fuentes no quiere que se sepa y la sustitución pronominal catafórica juega su rol. A continuación, el aviso periodístico con sus oraciones breves solicitando historiador joven, ordenado, escrupuloso y conocedor de la lengua francesa. Es entonces que se conoce el nombre de uno de los protagonistas: Felipe Montero. La nota periodística sirve  para presentarnos indirectamente a uno de los personajes centrales.

Las acciones de Felipe sedan fundamentalmente en presente de indicativo: recoges, dejas, piensas, esperas, enciendes, (...), es un presente que se combina con acciones futuras imaginarias: vivirás ese día, no volverás a recordarlo, detendrás, te sorprenderá, (...) hasta que se halla  frente a la calle Donceles.

La descripción del espacio exterior se recrea en la superposición de estilos y épocas de las construcciones del “viejo centro de la ciudad”, donde “no vive nadie”. Ambiente misterioso en el que conviven restos de la arquitectura colonial con instalaciones modernas, en las que las nomenclaturas se confunden. Hay un predominio de lo negativo reforzado por el uso del adverbio oracional no: “no vive nadie”, “no perturban”, “no iluminan”, “no adornan”. Fuentes insiste en mostrar un “mundo exterior indiferenciado” En contraste con esta calle llena de ruidos y del “humo insano” de la contaminación, aparece el interior de la vieja casa colonial en la que desde que se penetra se sienten dos sensaciones evidentes y reiteradas por el narrador: oscuridad y humedad. Muestra evidente de ello son las siguientes redes semánticas que utiliza el autor:

Oscuridad                                                                   Humedad

 

. la oscuridad                                                              . oler el musgo

. el encierro                                                                . la humedad de las plantas

. nueva luz, grisácea y filtrada                                   . las raíces podridas.

. luces dispersas                                                        . el olor de la humedad.

. parpadean docenas de luces                                   . de las plantas podridas

                                                                                  . la humedad

                                                                                  . pino viejo y húmedo.

Es muy interesante cómo el autor logra dar en muchas ocasiones la sensación de oscuridad a través del sustantivo (luz, luces) para insistir en ella por contraste.

Vuelve la sustitución pronominal catafórica como medio para introducirnos a un nuevo personaje. Ahora aparece en forma enclítica en el verbo ver: “verla” ¿De quién nos habla? Del protagonista femenino: Consuelo.

La presentación de la anciana es peculiar pues se da en un evidente contraste con la cama en que se halla acostada: “Allí, esa figura pequeña se pierde en la inmensidad de la cama;...” Más adelante se añaden nuevos rasgos: pelo muy blanco, rostro casi infantil de tan viejo, las manos pálidas. La ponderación de los adjetivos y las estructuras sintácticas tienden a remarcar la vejez de la mujer.

Se conoce en este diálogo el motivo del anuncio, ella necesita que se traduzcan las memorias inconclusas de su marido, el general Llorente, estas deben ser completadas por alguien preparado en francés.

Poco después aparece el tercer personaje central de la novela, la joven Aura. Su caracterización se hace fundamentalmente a partir de sus ojos verdes. El segmento es de una calidad poética extraordinaria. “Al fin, podrás ver esos ojos de mar que fluyen, se hacen espuma, vuelven a inflamarse como una ola; tú los ves y te repites que no es cierto, que son unos hermosos ojos verdes idénticos  a todos los hermosos ojos verdes que has conocido o podrás conocer. Sin embargo, no te engañas: esos ojos fluyen, se transforman, como si te ofrecieran un paisaje, que tú sólo tú puedes adivinar y desear.” La imagen plástica nos permite establecer dos configuraciones discursivas referidas a las relaciones entre los ojos de aura y el mar:

                                           Ojos                          de                             Mar

                                       Fluyen                                                Calma

                                       Se hacen                                             verde

                                       Vuelven                                               espuma

                                       Vuelven a inflamarse                         calma

                                       Fluyen                                                verde

                                       Se transforman                                   ola              

Los verbos ilustran la vitalidad de los ojos de la muchacha; los sustantivos y adjetivos relacionados con el mar aluden a la profundidad, hermosura y verdor de su mirada. Esos ojos son los que deciden a Felipe: se quedaría en Donceles.

El capítulo II repite el hecho de comenzar con una parte de la oración psicológica inicial con letras mayúsculas. Este hecho será recurrente en los cinco capítulos de la novela.

Felipe sigue a Aura hacia la habitación, pero se da cuenta de que lo hace con el oído y no con la vista. Fuentes establece relaciones onomatopéyicas para darnos el sonido que provoca la joven al desplazarse por la casa: oído....susurro...crujido...ruido.

Insiste también en la dilogía de sentido Luz/ oscuridad: Inundación de la luz/ oscuridad; luz de crepúsculo/ penumbra.

Y añade nuevos rasgos que permiten conformar una imagen más certera de Felipe: “cejas pobladas, boca larga y  gruesa, ojos negros, pelo oscuro y lacio, perfil recto, mejillas delgadas”

El joven se da cuenta de que tiene que adaptarse a vivir en la penumbra: “...esta casa siempre se encuentra a oscuras...” y como los ciegos comienza a aprender a conocerla por el tacto.

La descripción del espacio es directa, lo hace un narrador omnisciente, que más adelante se mezcla con la segunda persona inicial. Abunda lo nominal, ya sea en grupos preposicionales o en la combinación de sustantivo y adjetivo en posición determinativa.

Grupos preposicionales                                              Sustantivo-adjetivo.

Muebles de seda                                                        seda mate

Muñecos de porcelana                                               relojes musicales

Bolas de cristal                                                           diseño persa

Tapetes de diseño                                                     escenas bucólicas

Cortinas de terciopelo                                               terciopelo verde

                                                                                  madera oscura

                                                                                  estilo gótico

                                                                                  rosetones calados.

Es interesante el detalle que une a Aura con la casa: las cortinas son de terciopelo verde, Aura viste de verde, los ojos de aura son verdes. Este color se convertirá dentro de la novela en un símbolo de juventud, de plenitud.

Más adelante Felipe, sentado ante la mesa del comedor, se siente como hipnotizado ante los ojos de la muchacha y apenas sabe qué hacer. Hay una especie de fluido magnético entre ambos, hasta que ella desaparece y él recuerda que debe ir a ver a la señora Consuelo.

Nuevos rasgos se añaden a la caracterización de la anciana. La visión de esta mujer se logra de manera muy plástica, ya sea a través de símiles como: “delgada como una escultura medieval”, o “las piernas se asoman como dos hebras debajo del camisón” o a través de grupos de sustantivos y adjetivos como “cabeza hundida”, “hombros delgados. La imagen de Consuelo riñendo con los dioses es como una “iconografía del dolor y la cólera” De ese acceso místico queda llorosa y vencida la pobre mujer.

El diálogo que se establece entre los dos personajes define la tarea inicial de Felipe que consiste en traducir el primer legajo de los papeles del general Llorente, que se encuentran atados con una cinta amarilla.

Al acercarse al baúl el joven siente la presencia de numerosos ratones y comenta con Consuelo la necesidad de traer gatos. Aparentemente se produce una incongruencia pues Consuelo no reconoce la existencia de tales gatos, aunque minutos antes él  y Aura han conversado sobre estos: “Son los gatos- dirá Aura. Hay tanto ratón en esta parte de la ciudad.”

Cabe preguntarse, ¿qué relación existe entre estos animales y los personajes de la novela?

El capítulo III inicia con la lectura de los papeles amarillos y a través de ella se conoce la prehistoria del general Llorente y Consuelo.

Algo interesante sucede, Felipe se despierta a la mañana siguiente y cuando termina de afeitarse un maullido implorante y doloroso le llama la atención: Fuentes insiste en la peculiaridad del maullido.

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Al  buscar  el origen halla a “cinco, seis, siete gatos”... encadenados unos con otros, (que) se revuelven en fuego, desprenden un humo opaco, un olor de pelambre encendida”. Esta imagen plástica y cinética a la vez, perturba a Felipe hasta tal punto que duda si en realidad los ha visto o no.

¿Qué misterio hay en esta casa? ¿Qué debemos descubrir para hallar la relación con los “gatos que cazan ratones”?

Luego de un nuevo diálogo con Consuelo, Felipe se pasa todo el día revisando los papeles y “pasando en limpio los párrafos que” (piensa) retener, redactando de nuevo los que (le) parecen débiles”... Es entonces que se conoce la aspiración de este personaje, su objetivo: escribir.

Tu gran obra de conjunto sobre los descubrimientos y conquistas españolas en América. Una obra que resuma todas las crónicas dispersas, las haga inteligibles, encuentre las correspondencias entre todas las empresas y aventuras del siglo de oro, entre los prototipos humanos y el hecho mayor del Renacimiento”.

Al sonar la campana llamando al comedor, el joven baja y se encuentra a Aura ya sentada y a la señora Consuelo ocupando la cabecera de la mesa. Nota un detalle curioso: hay un cuarto cubierto puesto. Esto ya lo había visto en otras ocasiones y se había preguntado para quién se reservaba aquel asiento, pero en estos momentos ya no le preocupaba. De todos modos, este misterio ha de resolverse  más  adelante.

Otro detalle, en el proceso de la comida Felipe advierte que entre los movimientos de Consuelo y de Aura hay una sincronía:

“Aura de ja el cuchillo sobre el plato y permanece inmóvil y tú recuerdas que, una fracción de segundos antes, la señora Consuelo hizo lo mismo”.

¿A qué se debe esto?. Nuevos detalles irán apareciendo que permitirán dar la  respuesta adecuada.

Cuando las mujeres abandonan el recinto, se desata en el pensamiento del joven toda su fantasía. Piensa que Aura está subyugada por Consuelo, que se encuentra encerrada contra su voluntad, que espera por él para salvarse, que se encuentra “prisionera al grado de imitar todos los movimientos de la señora Consuelo, como si sólo que hiciera la vieja le fuese permitido a la joven”.

El lector avezado en la lectura de la obra de Fuentes, debe ir atando los hilos del misterio que el autor no revelará y a manera de coautor deberá descubrir por qué se insiste una y otra vez en la imitación de Aura.

Felipe se rebela in menti y decide ir a la habitación de la joven. Nuevamente la oscuridad: “entras a esa recámara, también oscura”, “el único adorno es un Cristo negro”. El color negro, que se repite con variantes, es símbolo en la novela de luto, de oscuridad, de ahí la constante alusión a él a lo largo de toda la obra.

La pasión lo ciega “pensando en la belleza inasible de tu Aura mientras más pienses en ella, más tuya la harás, no sólo porque pienses en su belleza y la deseas, sino porque ahora la deseas para liberarla: habrás encontrado una razón moral para tu deseo....”; y en esas condiciones de perturbación psíquica, cansado, se duerme.

Fuentes usa la recurrencia para insistir en el sueño del joven.

Observamos el siguiente segmento.

“...te duermes pronto y por primera vez en muchos años sueñas, sueñas una sola cosa, sueñas esa mano descarnada que avanza hacia ti con la campana en la mano, gritando que te alejes, que se alejen todos, y cuando el rostro de ojos vaciados se acerca al tuyo, despiertas.....” 

Al despertar de ese sueño, agitado y temeroso, Felipe siente, pues él en la oscuridad no puede ver a Aura, toda una gama de emociones por el tacto o por el olfato. Sobreviene una escena muy sensual pues la muchacha lo está acariciando:

“...sientes esas manos que acarician tu rostro y tu pelo, esos labios que murmuran con la voz más baja, te consuelan, te piden calma y cariño. Abrigas tus propias manos para encontrar el otro cuerpo, desnudo, ..la mujer que se recuesta encima de ti, te besa, te recorre el cuerpo entero con besos. No puedes verla en la oscuridad de la noche sin estrellas, pero hueles en su pelo el perfume de las plantas del patio, sientes en sus brazos la piel más suave y ansiosa, tocas en sus senos la flor entrelazada de las venas sensibles, vuelves a besarla y no le pides palabras”.

Este segmento de la novela es bellísimo. El autor alude a casi todos los sentidos para preparar al lector para la entrega de Aura a Felipe. Se ha cerrado un lazo más profundo entre los jóvenes. Es el juego del gato y el ratón, aquel ha atrapado al ratón mayor.

Nueva entrevista con Consuelo. Se inicia la lectura del segundo folio amarrado ahora con una cinta azul. Consuelo acaricia a su conejo blanco y en el diálogo se descubre una nueva faceta del personaje.

“-Quieren que estemos solas, señor Montero, porque dicen que la soledad es necesaria para alcanzar la santidad. Se han olvidado que en la soledad la tensión es más grande”.

¿Por qué necesita de la soledad? ¿A qué tentaciones se refiere? Responder a estas interrogantes nos llevaría a develar secretos que es muy prematuro aventurar.

Penetrar en el segundo folio de las memorias nos permite conocer nuevos detalles de la prehistoria que el lector no puede perder de vista:

-cuando Consuelo tenía quince años tenía los ojos verdes.

-Consuelo se casó con Llorente a los quince años.

-Una vez el General la encontró martirizando un gato.

-Consuelo tenía 49 años al morir su esposo.

-Consuelo “siempre vestida de verde. Siempre hermosa, incluso dentro de cien años”.

El fragmento final del III capítulo alterna el español con el francés. No sólo es alarde de cultura por parte del autor, sino que a partir de estas frases se ofrecen nuevos detalles que nos ayudarán a comprender la historia: Desde que Llorente conoció a Consuelo fueron sus ojos verdes su perdición, la consideraba una muñeca a la que colmó de amor. Mientras Consuelo odiaba a los gatos y los martirizaba, Llorente los amaba, pero le admitía a la joven el castigo por considerarlo puro infantilismo. La pregunta final también es significativa:” ¿no serás tú por  siempre joven?”.

El capítulo IV añade nuevas notas aclaratorias al ministerio. Antes se había insistido en la sincronía de los movimientos de Aura y Consuelo, en que ambas vestían de verde y tenían los ojos verdes. Ahora, al leer el segundo folio, Felipe, y con él el lector, saben que Aura vive en esa casa “para perpetuar la ilusión de juventud y belleza de la pobre anciana enloquecida. Hay un símil muy peculiar “Aura encerrada como un espejo”, ¿por qué espejo?,  ¿qué refleja Aura?. Por la afirmación anterior se puede llegar a la conclusión de  que Aura es el reflejo de la imagen de Consuelo en su juventud.

Otro detalle, el joven busca a la muchacha y la encuentra en la cocina degollando un macho cabrío. En una imagen dantesca aparece Aura mal vestida, con el pelo revuelto y los ojos duros, manchada de sangre en “su labor de carnicero”. Cuando Felipe la ve va a pedirle cuentas a Consuelo, pero para sorpresa del joven, halla a la anciana realizando una serie de movimientos similares a los que vio hacer a Aura. No contento con esto el autor finaliza la escena con el símil “como si despellejara la bestia.....”

Sube Montero a su habitación “jadeante, sudoroso, presa de la impotencia de (su) espina helada, de (su) certeza...” ¿De qué ha adquirido certeza? ¿Es posible que Consuelo y Aura sean una misma persona? Si es así, ¿cómo es posible esto?.

Fuentes sabe que no hay  para ello una explicación racional y se vale entonces del buceo en la conciencia del joven para añadir nuevos indicios:

“caes hasta el fondo de ese sueño que es tu única salida, tu única negación a la locura...”

Para dar esa sensación de caída hacia el fondo del subconsciente el autor emplea una prosa vanguardia y la mera reiteración de lo designado.

-Está loca, está loca, está loca.

-la imagen de la anciana que en el aire

-despellejaba al  cabrío de aire

-con su cuchillo de aire

-está loca...”

Cada reiteración añade mayor densidad semántica al concepto de locura y una definición no habida al inicio del texto.

Esa misma sensación causa el descenso a un subconsciente (fluir de conciencia) al que el autor califica de abismo oscuro. Nueva serie de sintagmas nominales de sustantivos y adjetivos en posición determinativa: sueño silencioso, bocas abiertas, fondo negro, para darnos no sólo el descenso a ese abismo a través del sueño, sino además la oscuridad y profundidad del mismo.

La escena sumamente violenta que Felipe ha presenciado en la cocina y en la habitación de Consuelo ha influido notablemente sobre su psiquis, por ello verá avanzar a esta mujer hacia él. La reiteración de estructuras sintácticas contribuye a dar la idea de gradación del movimiento y añaden intensidad.

-la verás  avanzar hacia ti

-la verás avanzar a gatas

-avanzando hacia ti

En escena propia del absurdo se verá avanzar el rostro de Consuelo, un rostro de encías sangrantes, sin dientes. A esta imagen se superpone la de Aura gritando, una Aura que se “ríe en silencio, con los dientes de la vieja superpuestos a los suyos, mientras las piernas de Aura, sus piernas desnuda caen rotas y vuelan hacia el abismo...” Esta  imagen recuerda las aventuras surrealistas.

Cuando el joven se recupera recuerda que Aura lo ha citado a su recámara,  pero antes de ir a la habitación desciende al patio de la casa, por el que había pasado cuando llegó a Donceles y aunque no había bajado más. El patio que descubre a la tenue luz de un fósforo encendido está lleno de plantas, flores y frutos, que mecen sus sombras mientras el joven recrea los usos medicinales de todo aquel jardín. La descripción insiste en la creación de sensaciones sinestésicas de olor y color. 

Sube por fin a la habitación de Aura, pero observa que ha ocurrido un cambio en la imagen de la muchacha, la joven de ayer se presenta ahora más madura, más mujer.

Aura vestida de verde, con esa bata de tafeta por donde asoma al avanzar hacia ti la mujer, los muslos color de luna: la mujer, repetirás al tenerla cerca, no la  muchacha de ayer – cuando toque sus dedos con su detalle- no podía tener más de veinte años; la mujer -y acaricies su pelo negro, suelto, su mejilla pálida – parece de cuarenta: algo se ha endurecido entre ayer y hoy...” .

La reiteración del sustantivo mujer insiste en el cambio reforzado con la dilogía  de los sustantivos muchacha / mujer y de los adverbios temporales ayer / hoy. ¿Por qué esta transformación en tan breve tiempo? ¿Por qué ayer de veinte y ahora de cuarenta?

Son tantas las impresiones y las sensaciones disímiles que Felipe no quiere pensar más y se entrega al juego  de Aura. Se sucede una escena sumamente sensual en la que la mujer (gata) y el hombre (ratón) olvidan todo y se entregan al placer.

En medio de este juego amoroso los jóvenes sostienen un diálogo interesante:

-¿Me querrás siempre?

-¿Siempre? ¿Me lo juras?

-Te lo juro.

-¿Aunque envejezca? ¿Aunque pierda mi belleza? ¿Aunque tenga el pelo blanco?

-Siempre, mi amor, siempre.

-¿Aunque muera, Felipe? ¿Me amarás siempre, aunque muera?

-Siempre, mi amor, siempre.

-¿Aunque muera, Felipe’ ¿Me amarás siempre, aunque muera?

-Siempre, siempre. Te lo juro. Nada puede seperarme de ti.

-Ven, Felipe, ven...

Fijémonos en cómo la mujer insiste en la posibilidad de la vejez, de la muerte y en el juramento de amor del joven.

Ahora vuelve lo insólito, al abrir los ojos Felipe ve a Aura sonriendo, de pie, pero sin mirarlo a él y la observa caminar hacia un rincón y sentarse en el suelo, a los pies de la señora Consuelo, que está sentada en su sillón. El joven ve a una Consuelo, que está sentada en su sillón. El joven ve a una Consuelo que le sonríe a la par de Aura, “las dos te sonríen, te agradecen...”

Ambas se levantan y se van dejándolo dormir.

¿Por qué Consuelo estaba en la habitación? ¿Por qué ambas sonríen y le agradecen al joven?

Fuentes añade estos detalles con objetivos precisos. Algo nos quiere decir, pero exige que sea el lector quien lo descubra. Así finaliza el IV capítulo.

El capítulo V, que en la estructura compositiva, hemos afirmado que constituye el desenlace del conflicto, inicia con Felipe durmiendo, cansado, insatisfecho, con cierta melancolía por lo sucedido. Al despertar siente esa inquietud por la “la doble presencia de algo”. ¿A qué se refiere, a Aura-Consuelo, o a Felipe -...?. Hay en el joven una premonición: “buscas tu otra mitad, que la concepción estéril de la noche pasada engendró tu propio doble”.

Fuentes complica aún más la trama, ya no sólo existe el misterio sobre la personalidad de Aura y Consuelo o Aura-Consuelo, sino que crea una nueva interrogante, ¿se da el mismo proceso en Felipe-Llorente?.

En su encuentro con Aura, Felipe presiona a la mujer insistiendo en la necesidad de no seguir con engaños. Exaltado, le pide que abandone a Consuelo, que no se sacrifique por ella, que salgan al mundo exterior a vivir juntos. Aura ante la pregunta:

-Sí, ¿por qué te has de sacrificar así?

Responde:

-¿Quererla? Ella me quiere a mí. Ella se sacrifica por mí.

¿Por qué?, cabe preguntarse. Es el mismo personaje quien más adelante nos responde:

-Hay que morir antes de renacer...No, no entiendes...

¿Qué debe entender Felipe? ¿Nueva interrogante sin respuesta aún.

En el cumplimiento de su deber Felipe saca del baúl el tercer folio de la memoria que se halla atado con una cinta roja. Si se observa con atención cada legajo o folio se halla atado con una cinta de distinto color.

Primer folio..................cinta amarilla______________________(poder)

Segundo folio...............cinta azul_________________________(sentimiento)

Tercer folio...................cinta roja_________________________(pasión)

El cromatismo, que en la novela se da fundamentalmente con el negro y el verde, se refuerza con tres nuevos colores: amarillo, azul y rojo. La gradación de estos colores primarios tiene que ver con el partir de ellos conocemos la posición social de Llorente (poder) y su eterno sentimiento de amor que deriva en profunda pasión.

Estos viejos papeles van dando respuesta a muchas de esas interrogantes que han ido quedando a lo largo del análisis. Observamos. Por la lectura que hace Felipe nos enteramos que Consuelo no pudo tener hijos con el General Llorente, que esto la trastornó completamente y despertó en ella la imaginación enfermiza. Comenzó a tomar brebajes elaborados a partir de las plantas del jardín con el objetivo de lograr la reencarnación.

Sí, sí, sí he podido: la he encarnado; puedo convocarla, puedo darle vida con ni vida”.

Y más adelante:

-“No me detengas-dijo-; voy hacia mi juventud, mi juventud viene hacia mí. Entra ya, está en el jardín, ya llega...”

Y es que en su obsesión por amar y procrear Consuelo elaboró narcóticos que la llevaron a imaginar que reencarnaba en Aura, que no es otra que Consuelo en su juventud, de ahí sincronía de movimientos, los ojos verdes, la sensualidad.

Pero, después de develar este secreto, aparecen unas viejas y roídas fotografías. Un retrato que databa de 1894 nos muestra al General ya anciano; en otro de 1876 se puede ver a aura con sus ojos verdes y su pelo negro recogido y en el último, retrato borroso, se ve al matrimonio.

“Aura no se verá tan joven como en la primera fotografía, pero es ella, es él, es...eres tú”.

Detengámonos en el juego que se produce entre los pronombres personales, porque ahí está la respuesta al último misterio:

pero es ella ................ Aura-Consuelo

pero es él.................. Llorente

es ........eres tú...........Felipe

Pueden quedar dudas al respecto, pero para que esto no suceda Fuentes se encarga de disiparla con la recurrencia del pronombre de segunda persona:

siempre te encuentras, borrado, perdido, olvidado pero tú, tú, tú...”

A partir de este momento hay un sentido negativo en la concepción del tiempo. Se verá como algo inservible, acordado a la vanidad humana. Las horas estarán marcadas tediosamente, largamente, “para engañar el verdadero tiempo, el tiempo que corre con la velocidad insultante, moral que ningún reloj puede medir”.

Ver a Aura y a Consuelo en una misma dimensión temporal es más de lo que el joven puede concebir, por ello no puede mensurar el tiempo: “Una vida, un siglo, cincuenta años: ya no te será posible imaginar esas medidas mentirosas, ya no te será posible tomar entre las manos ese polvo sin cuerpo”.

La metáfora final designa en resumen ese tiempo inasible, que escapa a toda racionalidad humana, porque no es posible que estos personajes puedan vivir en otro.

Cuando Felipe concluye sus reflexiones habrá caído la noche. El narrador insiste en ese detalle y todo en el ambiente contribuye a dar esa idea de nocturnidad: habrá caído la noche, las nubes negras, luz opaca, luna, vapor oscuro. Esta oscuridad prepara el territorio para lo que habrá de acontecer. El joven corre hacia la habitación de Consuelo buscando a Aura, la llama, se acuesta a su lado, teme que llegue la anciana, pero la respuesta de Aura no deja lugar a dudas:

Ella ya no regresará

¡¿Nunca?

-Estoy agotada. Ella ya se agotó. Nunca he podido mantenerla a mi lado más de tres días.

Fijémonos en esta última expresión, ¿cuál de las dos mujeres está agotada, la joven o la vieja? ¿Cuál de ellas no puede mantenerse al lado de la otra por más de tres días? Fuentes no da respuesta directa, no obstante, la escena que sigue aclara que es Consuelo y no Aura la que está junto a Felipe. En un arranque de pasión el joven le quita la bata, la toma violentamente sin percatarse del gemido sordo de la mujer.

“La luz de la luna penetra suavemente y cae sobre los cabellos blancos de Aura, esa luz cae sobre el cuerpo desnudo de la vieja, de la señora Consuelo, no obstante: tú lo tocas, tú lo amas, tú has regresado también....”

¿Quién ha regresado también? Si se vuelve al análisis acerca de la figura de Felipe y su obra imagen, la del General Llorente, encontraremos la lógica. El que ha regresado no es otro que el viejo Llorente. Así tendrán respuesta todas las interrogantes iniciales:

vejez                        juventud

Consuelo                 Aura

Llorente                   Felipe

Recordemos que Consuelo bebió narcóticos brebajes para reencarnar en su época de juventud. Era tal el amor por Llorente que lo hace reencarnar en Felipe.

El amor de estos dos viejecitos es de una fuerza extraordinaria, se han amado con pasión inaudita en su juventud, por eso el afán de hacer regresar esa felicidad.

La luz de la luna se oculta y se lleva en el aire, “por algún tiempo, la memoria de la juventud, la memoria encarnada”, porque eso son Aura y Felipe, una memoria encarnada.

La novela finaliza con la promesa de Consuelo de hacer regresar la juventud:

Volverá, Felipe, la traeremos juntos. Deje que recupere fuerzas y la haré regresar...”

Desenlace atectónico para esta historia que mezcló fantasía y realidad suspenso y absurdo con un lenguaje de alta calidad artística.

 

Autora: DrC Josefina Patricia Calzada Trocones

 


Bibliografía

 

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* Imagen tomada de wikipedia. 

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